jueves, 19 de abril de 2012

¿Qué es la literatura más que un intento, muchas veces fallido, de inmortalidad?, por Ana Ordás

     La decisión está tomada.
     Todo resulta confuso, un hedor putrefacto emana de la calle, me cuesta recordar nada, cada sonido se me clava en la cabeza, el frío viento se hace escuchar, penetrando escandaloso entre las  bisagras de la ventana, calando a lo más hondo y produciéndome violentas convulsiones.
     La habitación es pequeña, de un blanco amarillento, decorada por grandes humedades y un suelo ya abombado por el agua; el mobiliario es escaso: una cama de muelles que parece tener demasiados años, un armario y una mesilla ambos trabajados en pino, sobre la mesilla, un blog de notas y un bolígrafo de propaganda me sitúan en el Hostal Puente.
     Entre mis sudorosas manos, hallo un papel, observo con precaución el trazo de la letra: de una belleza inigualable, estilizada, así como redondeada, me transmite decisión y fragilidad.
     Tras un leve titubeo comienzo a leer para mis adentros:
          “Mi pequeña niña:
     Renuncias a todo por un periodo  finito e indeterminado de tiempo con relativa claridad mental en el que serás gobernada por sentimientos incoherentes e inconclusos, inhibidores de la razón, capaces de destruir todo tu mundo…, créeme,  intento entenderte, pero mis reflexiones no hacen más que alejarme de las tuyas, tu pasión por ese lugar… carece de sentido.
     Cuídate mi pequeño Ángel  “
     Un nudo amargo presiona mi garganta y comienza a deshacerse lentamente en pequeñas gotas translucida que se deslizan incesantes por mi rostro. Abrazo el escrito y rompo a llorar con más fuerza, acaban de llegar los sentimientos, el juego ha comenzado.
     Apoyo el papel en la mesilla y escribo temblorosamente: “Padre, su Ángel ya es humano, gracias por todo.”

………………
     Ha pasado mucho tiempo desde aquella fría mañana en la que desperté en el Hostal, podría decirse que toda una vida. Desde entonces he conocido el amor y el desamor, la amistad y la enemistad, el cariño y el desprecio, la felicidad y la infelicidad, mi mundo se ha hundido en la desesperación y ha resurgido de la esperanza. He conocido a la vergüenza, he lidiado con la muerte, he sentido al miedo, he paseado con el egoísmo y me han envenenado los vicios. He visto, sentido y creído en todo y en nada al mismo tiempo.
     Sin embargo, aun no he tenido el placer de conocer al más famoso e importante, al individuo más nombrado, esperado y temido, al señor tiempo. Todos hablan de él, algunos aseguran que lo cura todo, otros muchos dicen que corre demasiado, otros tantos necesitan ocuparlo, los más sabedores destacan su pulcritud y exactitud y los menos mueren por que pase rápido, todos hablan de él como si lo conocieran y como si de un viejo amigo se tratará lo envuelven en las más banales o exquisitas conversaciones. Y yo, estúpida de mi, sigo sin verlo, sin saber de él más allá de que sus caricias están envenenadas que su rostro permanece invisible y que tan solo nos deja ver el presente, quitándonoslo a cada paso.
     Realmente, los que dicen saber más, mienten, no conozco ninguna inmortalidad otorgada por la juventud y aun me queda por ver al anciano cuyos años le nieguen poder vivir un día más.
     Se dice que han transcurrido casi setenta años, yo me permito la licencia de no creerlo, es demasiado tiempo. Camino con dificultad, ayudada por un bastón y siguiendo con mi rutina diaria me descalzo besando la fotografía de mi difunto marido que reposa sobre la cómoda del recibidor.
     Algo me dice que hoy es diferente, me dirijo al sillón de la sala y observo como todo sigue igual a excepción de la carta pulcra que reposa en la mesita.
     Me siento, tomo aire y comienzo a leer la palabra del remite “Cielo” con un trazo sublime, la misma caligrafía que aquella carta que cada día me cuesta más leer, esta vez, con un ligero matiz a decepción.
     Abro el sobre con sumo cuidado, como si temiera verla desaparecer, o en su defecto, me fuera a hacer desaparecer a mí, comienzo la lectura:
         “Hija mía:
     Ojala supiera por dónde empezar, pero soy incapaz, incapaz de ver más allá de la decepción, el fracaso o la deshonra. Temía las dificultades por las que tuvieras que pasar, pero siempre creí que un ángel entre humanos resaltaría sobre el resto, haría algo distinto, llamativo, que pasaría a la historia haciendo algo contra el hambre, la injusticia o el dolor, pero no, allí estas, acompañada de tu rutina, tus pequeños logros y tus grandes y recurrentes equívocos, pasando inadvertida.
     Apenas te quedan días en ese lugar y ninguna misericordia ni justicia será capaz de devolverte tus alas, lo siento de veras, perdiste tu oportunidad al querer ser humana.”
     Con rostro inexpresivo  le doy la vuelta al pergamino, cojo un bolígrafo y escribo al dorso:
         “Padre:
     Me resisto a pedir perdón y si me permites un consejo, no subestimes a nadie si careces de información suficiente y créeme, nunca es suficiente, no basta con ver y opinar, es mucho más complejo, somos mucho más complejos.
     Mis pequeños logros son mi esfuerzo diario, mis ganas y mi voluntad y mis grandes errores no son otra cosa que mi pasado, mi presente y mi futuro de ellos aprendo, son mis intentos por mejorar y son prueba de mi lucha y mi perseverancia, ellos son los que me hacen más fuerte, más luchadora y más humana.
     Y perdona Padre, pero, no eres más que un burdo cobarde amparado por tu condición, libre de deberes e incapaz de ver más allá de tu mundo, nadie dibuja su vida ante un lienzo en blanco a disposición de todo tipo de materiales, cada uno tenemos una roída hoja rallada, pintada y/o mojada y de ella sacamos nuestro propio lienzo con los escasos materiales que nos ofrece la vida.
     Gracias y hasta pronto Padre (nos volveremos a ver)”
     Respiro profundamente, doblo la carta, esta vez en forma de avión, grapando junto a ella la primera carta y las arrojo por la ventana, esperanzada en que las cartas encuentre cobijo en las manos de algún humano, que, incapaz de profundizar en la complejidad de las mismas sea capaz de adquirir una enseñanza, quizás basada en la importancia de “ser bueno”,  o quizás piense en continuar las cartas creando una bella historia, o quizás le sirva como consuelo a sus malas acciones, o por qué no, encuentre en ellas la fortuna de ser humano y valore su vida de un modo distinto; para luego transmitir su contenido a próximas generaciones dispuestas a saber de su contenido, o quizás, en el peor de los casos, se pierda para morir en el baúl de los cuentos olvidados incapaz de hacerse notar entre tantos otros, ahogado en todas esas palabras escritas desde la ignorancia, el amor,  la esperanza, la rabia…, cada una de ellas ansiosa por tener su momento, por permanecer intacta, inmune al señor tiempo,  pero al final, ¿qué es la literatura más que un intento, muchas veces fallido, de inmortalidad?

martes, 14 de febrero de 2012

No cabe el silencio, por Juan Turmo


Sé que juré que no iba a hablar de política, pero no sería un ser humano si no rompiera las normas aunque sean las mias propias.
Tal y como está el panorama nos es difícil suponer que la caída aún no ha terminado y que el suelo está tan lejos que ni lo vemos. Ahora mismo estamos con la mierda al cuello y no hay salida de este largo tunel que cada vez huele peor.
El Gran Wyoming cantaba el otro día que había que resistir al nuevo gobierno, ese gobierno que había prometido sacarnos de una crisis que sigue en aumento, ese gobierno que ya no tiene a quien echarle las culpas de todos los pasos en falso de este país. Lo cierto es que aunque en algún momento se nos pasara por la cabeza la idea de que ya nada podía salir peor, estábamos equivocados.
Alemania definitivamente ha comprado el país, y la economía parece hundirse mas aún en el fango, pero yo no se de economía así que eso se lo dejo a un profesional que si conoce los entresijos y las mierdas del sistema, eso si, no hace falta añadir más.

De Vergüenza (“Shame!!”) califica BBC News la condena al juez Baltasar Garzón mientras desde el New York Times funden a la justicia española con un editorial lapidario. Pero no ha sido lo único que ha hecho el Tribunal Supremo en los ultimos meses, con el caso de Marta del Castillo se lucieron, el veredicto a Camps es indignante y sin palabras del caso del Chorizo Real, pero lo peor, lo que acaba de hundir y hundirá más aún  a este país, es el duro mazazo que ha recibido la cultura española con el último decreto.
Lo de la economía estaba cantado, lo de la justicia es duro de de una manera o de otra nos lo podíamos haber imaginado, pero ¿por qué coño hunden la cultura? ¿Qué hemos hecho para merecer esto?
Para quien no lo sepa, todos los profesionales del arte escénico (actores, músicos y bailarines) ya no son licenciados ni diplomados ni graduados ni nada de nada, pero no solo los que estudian ahora no saldrán con título, sino que todos los que ya lo tenían han pasado a no tener nada en su curriculum mas que unos estudios que solo tienen algo de validez dentro de nuestras fronteras. ¿Por qué será? ¿Acaso necesitan retener a la gente aquí? ¿Por qué les cortan las alas a los que tienen voz? ¿O es que son simples ganas de autodestruírse?
De todas formas para lo único para lo que merece la pena últimamente el denominarse español es por el deporte, y lo de los guiñoles franceses también es para tocarse un rato las narices, ¿por qué estan todos tan indignados? Nosotros llamabamos a Van Gal cabeza ladrillo y nos reíamos de mogollón de cosas y nadie dijo nunca nada.
En fin, no se que pretenden hacer con nosotros, pero cada vez tengo más claro que los Mayas no se referían a las tormentas solares cuando hablaban del fin del mundo.

domingo, 5 de febrero de 2012

¿QUÉ SIGNIFICADO TIENE CUMPLIR 18 AÑOS? por Ana Ordás

   Abrir los ojos al mundo, y sentir, por primera vez, que te haces mayor, que tu mundo paralelo ya no está, que la infancia se ha esfumado, dejando tras su paso un torrente de recuerdos inconclusos que tan siquiera puedes recordar con claridad, ensombrecidos bajo frases sin sentido, cuyo significado se reduce a desprestigiar esos años, en los que tu supuesta inmadurez no perfilaba correctamente la realidad, eras niño y, por tanto, tus recuerdos no son reales al cien por cien, ahora, sin embargo, todo es distinto, tu edad te respalda, aunque su ínfimo valor no vaya más allá de una cuestión legal.

   Pero nunca creas nada de lo que te digan, porque,  pese a todo, dudo volver a vivir una etapa tan real, dudo volver algún día a vivir en un mundo, paralelo o no, en el que todo tenga explicación, en el cual hasta lo ilógico se puede asimilar, donde no hay motivos para desconfiar, en un mundo donde la justicia se resuelve en sillitas de pensar, donde los castigos se cumplen sin demandas, abogados ni jueces,  donde la bondad abunda y un abrazo perdona todas las riñas, donde el miedo no existe más lejos de la oscuridad o los malos de Disney,  donde se muestra antes el corazón que el aspecto, donde el gordito, lo es sin necesidad de etiquetarlo de perezoso o fracasado, donde la rubia tan solo tiene su pelo amarillo y donde el negrito no despierta pensamientos racistas.

   Y sales de ese mundo poco a poco, mientras descubres como es el mundo de verdad , que tu mundo está desapareciendo para no volver a mostrarse nunca, para volver a él como guardián, pero nunca más como antes, jamás te dirán que la vida es una carrera en la que no se gana, donde te enseñan a ser capitalista, te exigen ser el más listo, guapo, simpático, bueno…  y sin instrucciones para ello, una simple referencia de personas que han alcanzado el éxito desde la malicia, la ambición, la mentira, la ausencia de escrúpulos, o la más absoluta simplicidad mental.

   Pero tranquilo, el objetivo final es mantenerte controlado, evitar que destaques con la nota de color que desmantele el mundo gris, debes  ser idiota, lo suficientemente idiota coma para seguir a la multitud y perderte con el resto, lo suficiente como para no desmantelar esta gran mentira a la que llamamos sociedad donde la escala de valores parece perderse o cuanto menos confundirse con los llamados pecados capitales.

   Este nuevo mundo al que acabas de llegar sin quererlo, este lugar en el que te encuentras que, sin dejar de ser igual, parece tan distinto al de antes,  este mundo al que perteneces pero que nunca te han pedido permiso para formar parte de él. Y poco a poco descubro este mundo en el que mi maquillada mirada empieza a tener valor, tiene fuerza y ganas y ni tan siquiera es capaz de mirar de frente al mundo y gritar lo que quiere, tan solo puede envenenar los ojos del que mira con deseo a la juventud, tan solo una mirada más que se pierde en el recuerdo de las miradas que nos envuelven, tan solo una mirada también envenenada por el tiempo a la que se le irán muchas cosas, a la que la luz terminará por abandonarla también a su merced, otra vez sin preguntar.

   Pero, es una mirada que ahora va de frente a la que, por el momento no le puedes decir que es posible y que no, para la que de momento lo imposible no existe.

   Entonces, ¿quién me dice lo que no puedo hacer? Porque, ahora puedo hacer lo que quiera, esa es la clase de filosofía estúpida que reina entre la juventud, ¿no?, pero, debo seguir arrastrando responsabilidades y deberes. Entonces, ¿Dónde está esa ansiada libertad que tantos jóvenes esperan en su decimo octavo cumpleaños? Quizás sea el alivio de poder comprar tanto alcohol como para hacer entrar en huelga al mayor número de órganos posibles, quizás sea la libertad que ofrece para perforar o pintar tu cuerpo, como si su transformación te eximiera de crecer, te anclara a la adolescencia o,  incluso el excesivo radicalismo político, como si en escasos dieciocho años fuera posible descubrir un partido que con tu voto, solucione todos los problemas, o la estúpida ilusión que me invade al pensar que siendo donante cambiaré algo en mi o en la persona que necesite mi médula o mi sangre, o  en la estúpida ilusión de probar el sabor de la adrenalina en mi cuerpo . ¿Y quién se atreve a mantenerme intacta como si no necesitara tropezar? Dudando de mi criterio, como si no fuera capaz de hacer bien las cosas, como si no las pudiera y tuviera que  hacer mal para luego aprender de ellas. ¿Quién marca las pautas que diferencian  una patología de la normalidad? Alguien alguna vez encerró al enfermo psiquiátrico sin replantearse qué su patología no es más que una secuela que le ha dejado la sociedad, seguramente por poseer una inteligencia superior al resto, seguramente por escapar de las redes de esta gran mentira y, sin embargo está etiquetado de loco o enfermo.   Y, ¿Por qué cuanto más “maduro” es mi cerebro más surrealista y sin sentido me parece todo?  Cada día es todo más grande, cada día soy más insignificante, cada vez se me ve menos , cada día tengo más miedo y ganas de que sea mañana, cada día creo más en mis normas, mis criterios y mis cuadriculas, dejar de pensar en eso supondría afrontar algo que no entiendo, y de momento no sé hacerlo. Por ejemplo, no comprendo por qué seguimos tolerando un mundo en el que nos destruyen sus prototipos, sus drogas, su hambre, sus anuncios o sus ideales,  ¿Qué mente inteligente acepta el alcohol como se acepta actualmente, quién se droga, fuma o trafica? Y sin embargo quien osa contrariarlo, privándolo de la libertad que sus dieciocho años le otorgaron al fumador, para oscurecer sus pulmones,  al bebedor  para experimentar la diálisis o incluso al obeso que acumula cada vez más tejido adiposo en sus órganos y sus arterias comprando papeletas para una enfermedad cardiovascular.
De momento, y hasta que asimile o comprenda lo que significa tener dieciocho años apostaré por las sonrisas, la música que me regala los oídos, por el arte escondido en una coreografía,  buscaré las mentiras tan solo en los libros, mis objetivos serán tan posibles como yo quiera, guardaré mis ideas bajo llave y mi búsqueda de la verdad se centrará en la segunda estrella a la derecha y todo recto al amanece, donde, según dicen se encuentra esa eterna infancia, donde, según dicen creeremos que existe Nunca jamás.

lunes, 30 de enero de 2012

Pájara, por Juan Turmo


Hace tiempo que no me salen las palabras de donde quiera que sea de donde tengan que salir. Es normal, hasta los más grandes tienen lagunas y siendo un escritor amateur y malo (para que vamos a engañarnos) lo normal es tenerlas. El caso es que pasa más de mes y medio de blanco total y parte de mi se encuentra herida en algún rincón de mi alma buscando una manera de sacar todo lo que me gustaría decir.
Me gustaría pensar que si no escribo es porque el tiempo no me acompaña y tengo demasiadas cosas que hacer como para sentarme un rato frente al ordenador y ponerme a teclear durante unos míseros diez minutos. Pero no es así. Si de verdad estás inspirado las palabras fluyen y siempre hay tiempo para hacerte oír.
Puede que otra de las razónes de que por mi corazón haya dejado de fluír tinta sea que mi musa, el ángel de mi inspiración se encuentre lejos, oculta en mis más hermosos sueños y en mis recuerdos que cada vez parecen más lejanos.
A veces pienso, será por tener que estudiar, que me quita todo el tiempo del mundo, pero tampoco es verdad porque no hay manera más sana de estudiar que ir descansando de rato en rato para ir asimilando lo que vas aprendiendo.
Realmente, sinceramente, no tengo ni puñetera idea de porque me llegan estas pájaras, aunque como he dicho, a todos les puede llegar en un momento dado un periodo de blanco mental que deje los dedos totalmente bloqueados frente al teclado.
Una cosa si que podemos sacar en claro de este asunto. Si alguna vez os llega una pájara que os impide escribir, escribid sobre la pájara y asunto finiquitado :).

sábado, 17 de diciembre de 2011

Otro punto de vista, por Ana Ordás

 
     Ha pasado un año, y ni si quiera me queda en el recuerdo que se cumple un año el 16, y no el 22, el 26 o el 14, ha pasado un año y tengo miedo de ir a su misa, de ver una reunión familiar en una iglesia donde abundan las sonrisas, la alegría del reencuentro y la obligación o el compromiso que corresponde dicho acto, de ser la única con ojos sonrosados y, por ello, etiquetada de sensible, tengo miedo de ir a ver tan solo una actuación protocolaria donde parece rutinaria la asistencia, al igual que en las misas para tía, con la diferencia de las condiciones y el tiempo, una murió "fuera de tiempo" y para la otra, sin embargo, "era preciso, estaba sufriendo, no conocía, era muy mayor y, no hubiera querido verse en esa situación", en una residencia día y noche con siete hijos a los que las circunstancias de la vida no les permiten tenerla en casa y, parece, tras mucho repetirlo, que es normal, que la sociedad se cimente en una estructura tal que nos lleve a asumirlo, como si realmente fuera así, que nuestra economía o nivel de vida nos impida hacerlo, como si necesariamente la vida fuera eso, como si el orden de nuestras preferencias viniera dado por la sociedad. Y no me cansaré de pensar y de gritar en mi cabeza que la vida no es así, que todo esto es una mentira que nos hacen creer y nosotros como humanos errantes que somos caemos una y otra vez en ella.
     Y yo, en tantos años aprendí mucho, aprendí a querer de una manera distinta, a querer ir a la residencia, aprendí a querer formar parte de ella, quise formar parte de una vida que para muchos ya no lo era, que carecía de importancia, que para muchos se reducía a la fuerza de la naturaleza que mantenía su cuerpo con vida, discrepo por completo, pues todos vivimos, de menos muchas veces, pero nunca de más, de mi yaya aprendí mucho, la paciencia de darle la cena en la boca, cuando aun sobraban dedos en mis manos para llenarlos con años, el amor que desprenden las personas mayores, la necesidad que tienen de nosotros y lo poco que les damos porque ya nunca volverán a ayudarnos, y, para ello, nos respaldamos en frases incoherentes, cuyo autor ya no vive más que en ellas: " no nos conoce", "para verla así la recuerdo como antes" o, "es muy mayor, ya no se entera".
     Y pese a las veces que mis ganas de verla y de estimularla con pequeñas cosas fueran, cuanto menos, atípicas, nadie se hace una idea de lo que me ayudo a mí, a su manera, pero me dio un punto de vida distinto, donde el amor es muy fácil darlo, donde un paso hacia delante, aunque este precedido de cincuenta hacia detrás, vale la pena vivirlo, porque no se si me conoció en algún momento, pero lo que tengo claro es que, nunca tuvo sensación de frialdad, distanciamiento o abandono, que mis besos eran sinceros y mis caricias reales, que hice lo que tenía que hacer, que siempre me quedarán las ganas de haberla conocido cuando no sufrió de demencia pero que ese pequeño mundo paralelo, donde lo pequeño era grande, y donde la infancia y la inocencia asomaban cada vez con más frecuencia en unos ojos marcados por el tiempo fue un periodo de enseñanzas que siempre me acompañaran como un valioso amuleto.
    Dejemos de creer tanto en lo que nos dicen que creamos y comencemos a busca nuestras propias verdades, porque cosas como estas son las que nos hacen más fuertes, más humanos, humildes y empáticos.
Gracias por esto yaya, por mostrarme esta cara de la vida, esta cara del amor, te quiero.



lunes, 12 de diciembre de 2011

Búsqueda, por Juan Turmo


La amistad. Ese sentimiento o idea que hace reinar a muchos, subyuga a otros y provoca tantos quebraderos de cabeza a mucha gente. Esa parte de la sociedad que nadie sabe hasta que punto existe o es una leyenda urbana que se lanzó para promover la verdad y las relaciones entre individuos. Según a quien se lo preguntes, la amistad tiene acepciones diferentes.
Cuando eres un niño pequeño todo el mundo es tu amigo excepto la maestra del colegio, los compañeritos de clase, los vecinos del 5º, la cajera del supermercado, los ancianitos que se sientan en el banco de enfrente de tu portal todas las mañanas llueva, nieve o truene y el perro que te encuentras una vez en el parque además de todos los niños de tu edad que pasan por tu vida.
Los niños son unos seres dulces e inocentes, que siempre están dispuestos a entablar una conversación amistosa con cualquiera, sea hombre, mujer, perro, joven o anciano. Pero allí se queda todo, en la inocencia de un saludo y una sonrisa.
Conforme vas creciendo el concepto de amigo cambia y ya no son los niños con los que juegas en el patio de recreo, sino los niños con los que te vas a jugar, das un paseo después de clase y haces el mico todo lo que puedes y más.
Te vas haciendo mayor y todos esos amigos que has ido teniendo van desapareciendo, se difuminan en un mar de obligaciones que os separan o de puñaladas que o bien te hacen o bien tu eres el infractor.
La edad enseña cosas que solo la experiencia puede dar como el hecho de saber reconocer quien merece tu amor, tu cariño, tu comprensión y tu tiempo. Aprendes a reconocer a los capullos a la legua, vas perdiendo contacto con los últimos que creías tus amigos más sinceros, aquellos a los que les contabas todo y les escuchabas cuando te necesitaban.
Tantos secretos bien guardados caerán en el olvido porque el contacto va desapareciendo. Primero es una semana que os separáis y a uno de los dos o a los dos se les olvida que han quedado para verse a la vuelta o no llama a saber que tal va todo, un mensaje por Internet, nada. Luego esa semana se convierte en un mes, después la distancia se va haciendo más grande y al final de todo solo hay uno, tal vez dos.
Una persona a la que quieres, una persona a la que necesitas porque llena un importante lugar en ti, sin el o ella te sientes incompleto, no consigues equilibrar esa balanza que por un lado te pide amor y por el otro sincera y pura amistad. Una persona que te de abrazos cuando tu amor te falte, que te escuche cuando lo necesites y que esté siempre allí. Una persona a la que tus hijos llamarán orgullosos “Tío”.
Esa es la verdadera naturaleza de la amistad, la verdadera búsqueda del ser humano y no es tarea fácil, pero el premio merece la pena.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Palabras, por Ana Ordás


Deseosas por salir se agolpan en la garganta, muriendo por ser escuchadas sin llegar a entender que su efímera gloria no dejará constancia, creen ser ellas las elegidas, las primeras con capacidad de explicarse, niegan pertenecer a una mentira, crearse desde la maldad, tener un sentido superfluo o ser la palabra escupida que tanto duele, negando su única forma de frenar a la muerte, el olvido, las palabras adecuadas son las que se pierden para siempre, las grandes olvidadas, se dicen desde el corazón y se escuchan sin reparar en ellas, y como si fuera común encontrarlas las guiamos al olvido.
Quizás es la ineficacia de las palabras lo que me lleva a buscarles sentido escribiéndolas, quizás es una forma de recordar a las que deben ser recordadas, de salvarlas del olvido obligándolas a permanecer en algún papel remoto y en la memoria de cada curioso que decida leerlo, o quizás de sepultar bajo tinta las que no sean dignas de formar parte del puzzle, las que rompan la poesía del texto o las que no dejen ver la magia, o quizás tan sólo sea una forma de jugar con ellas de forma privada, agruparlas desvelando inquietudes, o de llorar con ellas para luego leerlas en voz alta y comprobar como su argumento carece de sentido y como la magia que instantes antes me sedujo ha desaparecido.
En ese momento, tras compartir mis palabras con el silencio quebrándolo en una coreografía maldita, mis manos se ciernen sobre el papel reduciéndolo a lo que parece una infinidad de trozos repletos de palabras inconclusas, el folio envenenado en tinta testigo de mis ideas desaparece, porque lo realmente difícil no es escribir, sino escribir sintiendo lo que escribes y aceptando que ese torrente de palabras te pertenece, son tuyas y, sin embargo, confías tanto en ellas que les puedes permitir volar a formar parte del mundo, en esto reside la dificultad de escribir, en confiar y mostrar tu trabajo.